sábado, 25 de enero de 2014

Pascua Ortega: admiración a este interiorista

De trabajar en un banco de Manhattan pasó al interiorismo hace 35 años. Ha decorado desde el salón de la presidencia del Banco de España a la embajada de España en Washington, pasando por multitud de restaurantes, locales o casas privadas. Nada se le resiste. El hotel hesperia en Madrid, el restaurante del Teatro Real o Ilustres casas privadas. Su nombre es un clásico del interiorismo en España. Y, aunque los amigos de las definiciones le tildan de neoclásico, su espíritu culto y cosmopolita está abierto a todo. "Me da igual el estilo. Me gustan los proyectos muy distintos, porque no es bueno encasillarse". Su secreto: la disciplina, el rigor y ponerle mucho cariño a todo lo que hace. Este decorador diferencia entre tendencia y estilo, considera que lo más peligroso en decoración es llevar las tendencias al extremo, piensa que debido a la crisis todo se ha vuelto más simple y funcional por lo tanto la moda es más austera. Sin embargo el minimalismo no tiene por qué ser austero. Un decorador tiene mucho de psicólogo , sobretodo si es en "alta costura" toma las medidas al cliente, lo estudia, lo analiza, a el y sus circunstancias, la geografía de la casa, el tipo de vida que lleva, su actividad, sus intereses, su edad. Dependiendo de los medios, y de las posibilidades, uno te puede pedir un estudio estupendo y una biblioteca, los muy deportistas, un gimnasio y todo eso se mezcla en la túrmix. El dinero no siempre ayuda a lograrlo y el buen gusto no es innato, si no tienen una mínima sensibilidad, que se pueda educar y acrecentar. El buen gusto está escrito en la historia del arte. El dinero ayuda casi más al mal gusto que al bueno. Un exceso de dinero con mal gusto puede ser terrorífico. Tres elementos son un lujo, el fuego, la música y el agua, una chimenea, una buena ambientación musical, y una pequeña fuente en un patio o terraza. Algo atrevido en un cuarto, una bañera delante de una chimenra, es de lo más relajante. En un salón no pondría nunca una vitrina con cacharritos, es lo peor. Se negocia con el cliente en las diferentes etapas, convenciendo, asumiendo para llegar a un acuerdo. Un espacio nuevo no le da vértigo, mariposas en el estómago, ante una hoja en blanco, mágico, nervios, una emoción de partir de cero.